Imagina la presión de entrar en la iglesia sabiendo que debes cumplir cientos de reglas perfectamente. En la época de Jesús, el pueblo de Dios vivía conforme a una colección de 613 mandatos extraídos de Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio. Los líderes religiosos de ese tiempo definían su fe por cuán perfectamente podían cumplir hasta el más mínimo detalle de cada ley, incluso agregando requisitos para aumentar su supuesta rectitud.
Hoy quizás estemos libres de muchas de esas normas. Pero, al igual que aquellos líderes religiosos, a menudo nos sentimos tentados a medir nuestra justicia según nuestro cumplimiento de reglas.
Para muchos de nosotros, las enseñanzas bíblicas pueden representar incontables oportunidades de fallar o quedar cortos. O bien somos tentados a ignorar los estándares de Dios, sabiendo que nunca podremos estar a la altura, o nos aferramos a ellos tratando de ganar el favor de Dios y de los demás.
Sin embargo, Jesús desafía ambos extremos. En el famoso Sermón del monte en Mateo 5 a 7, Él ofrece un camino a seguir que mantiene altos estándares sin atar nuestro estatus a ellos.
Más que presentar una nueva lista de reglas que debemos seguir, el Sermón del monte es una invitación al mismo corazón de Dios. Jesús nos guía con suavidad desde una lectura superficial de lo que debemos hacer hacia el verdadero cumplimiento de la ley — quién debemos ser. Esto transforma nuestra comprensión de la bendición y la identidad, pasando de indicadores externos a una perspectiva interna y eterna.
Bendición redefinida
El Diccionario Merriam-Webster define la palabra "bendición" como "algo que contribuye a la felicidad o al bienestar".
Con esa definición en mente, nos vemos tentados a pensar en relaciones, finanzas o pasatiempos, así como los líderes religiosos se veían tentados a pensar en posición e influencia.
Jesús presenta una definición de las bendiciones radicalmente diferente. Sus bendiciones no tienen que ver con comodidades externas. En cambio, Él promete el reino de los cielos, la misericordia y llamar hijos de Dios a Sus seguidores. La persona bendecida está llena de cualidades internas formadas por la gracia de Dios:
los pobres en espíritu
los que sufren,
los humildes,
los que tienen hambre y sed de justicia,
los compasivos,
los de corazón limpio,
los pacificadores,
los que padecen persecución
y los que son insultados por causa de Jesús.
Estas son todas características del corazón — internas, no externas.
Jesús no promete “de ellos será la seguridad financiera, se les mostrarán ascensos laborales, o serán llamados populares”. Su promesa es ser parte del reino tanto ahora como en el futuro.
En Mateo 6:19-21, Jesús enseña:
"No acumulen para sí tesoros en la tierra, donde la polilla y el óxido destruyen, y donde los ladrones se meten a robar. Más bien, acumulen para sí tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el óxido carcomen, ni los ladrones se meten a robar. Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón".
En el Sermón del monte, Jesús nos obliga a examinar nuestra idea de “tesoro” y “bendición”. Se nos desafía a preguntar, “¿Dónde está mi corazón?”
Cuando nos acercamos a Él con humildad, confesando nuestro pecado con hambre y sed de justicia, recibimos una bendición eterna que es mucho más rica que cualquier cosa que podamos poseer en la tierra.
Identidad establecida
En la época de Jesús y en la cultura romana, los creyentes judíos eran fáciles de reconocer. Su manera de vestir, sus festividades y sus hábitos alimenticios establecían claramente su identidad religiosa. Nuestra identidad como cristianos no siempre es tan visible, pero en el Sermón del monte, Jesús claramente les dice a sus seguidores que debemos ser distintos.
Entonces, ¿qué es lo que nos distingue de nuestros vecinos?
En Mateo 5:13-16, Jesús establece nuestra identidad como sal y luz. Este es el verdadero propósito de nuestras buenas acciones: a través de nuestro corazón hacia los demás, mostramos el corazón de Dios por ellos El verdadero cumplimiento de la ley no se trata de nuestro propio estatus, sino de la pureza de nuestro corazón y de nuestra representación de Dios como Su pueblo.
Somos un pueblo que entiende que el asesinato nace de la ira, el adulterio de la lujuria y el divorcio de un compromiso roto. No necesitamos hacer juramentos, porque nuestra palabra es confiable. Valoramos el perdón por encima de la venganza.
Jesús nos llama a ser diferentes porque Él es diferente. Somos transformados porque Él nos transforma. Preguntamos qué desea el Padre de nosotros y damos prioridad a lo que es precioso para Él.
Cuando nuestra vida diaria refleja las enseñanzas de Jesús, reflejamos la luz de Cristo. No somos definidos por cumplir los mandamientos, sino por un corazón que desea obedecerlos.
"Hagan brillar su luz delante de todos, para que ellos puedan ver las buenas obras de ustedes y alaben a su Padre que está en los cielos". (Mateo 5:16)
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